El manicomio del Otoño

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 La leyenda de la mujer de los hielos (relato)

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Kaoru Himura-Takarai

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MensajeTema: La leyenda de la mujer de los hielos (relato)   Vie Nov 14, 2008 6:53 pm

Pues ya era hora de que subiera algo en prosa, que es lo mío xD Este relato lo escribí hace un montón, pero la verdad es que escribo pocas cosas así de cortas, soy más de novela. A ver qué os parece.




Cuentan las viejas fábulas que antaño, mucho antes de que nadie pueda recordar, vivían todas las personas en perfecta felicidad y armonía, cada uno según su rango, sus costumbres y su lengua. Ninguna imperfección manchaba este ambiente de paz, y todos eran muy dichosos.
Existía en el mundo un país frío y crepuscular, una tierra de hielo, álgida pero dulce, acogedora y apacible. Sus habitantes eran gente extraña, simpática y comprensiva. Pero, un poco más allá de donde las personas moraban, al norte, donde se levantaban grandes bloques de hielo, se concentraba una energía totalmente contraria al resto del mundo: los sentimientos negativos, la tristeza y la frustración que durante muchísimas generaciones no habían conseguido oprimir a los seres humanos estaban creciendo en torno al más frío témpano, más y más cada día.
Una vez al año, el tercer día del solsticio de invierno, de ese hielo surgía un cuerpo humano, para albergar toda esa amargura, y así liberar de ella a los mortales. Se trataba de una mujer, de tacto y voz más crudos que el más gélido glaciar. Tenía los cabellos largos, largos hasta rozar las puntas la parte posterior de sus rodillas, y del más claro y resplandeciente color que exista, blanco como la nieve, transparente como las cantarinas aguas. Era la piel más alba todavía, y ello la hacía misteriosa y tierna, y los ojos, bajo una frente estrecha, eran tan grandes y tan plateados que todo lo que iluminaban se estremecía bajo su resplandor. Las manos eran suaves y de congelado tacto, y toda ella era como una pequeña reina surgida del corazón del país. Sólo sus labios, azules y templados, daban sensación de vida en ella.
Esa mujer era la poseedora de toda la melancolía, y, cada vez que abría los ojos, proveía de alegría y paz a todos los demás, mientras su alma se ensombrecía y se iba hundiendo poco a poco en la más profunda depresión. Mas, hacía ya muchos años, el dios Creador le había prometido que, si lograba desprenderse de su tristeza, podría por fin quedarse a vivir como una persona normal. Pero, tras muchos siglos, jamás lo había conseguido. ¿Cómo iba a librarse de la aflicción que gobernaba en su pecho? Era algo imposible, pensaba ella, mientras permanecía, como cada año, entre el hielo, sentada, sin hablar.
Acaeció entonces algo que escapó a los designios del dios, y es que, ese día, un hombre estaba asomado a una de las ventanas de la mansión que había sido construida allí, en el último año. Era un varón joven, fuerte, de aspecto aburrido y carácter bohemio. Por alguna razón, pensaba que, si se centraba en observar el paisaje a través de un ventanal, podría encontrar la forma de escapar de sus problemas. Aquel día, ya anocheciendo, él vio una figura femenina, vestida con una larga túnica alba, y con unos cabellos todavía más níveos que ésta. El hombre se fijó en que aquella doncella parecía como hechizada, como salida de un bloque de hielo, y, sin darse cuenta, se enamoró de ella.
Llegó la siguiente mañana. De nuevo, el hombre se asomó a su ventana. Esa vez, la mujer no apareció. Así lo hizo los siguientes días, deseoso de volver a verla, pero nada ocurría. Pasó un año. De nuevo, el tercer día del invierno, la tristeza tomó forma de chica, y otra vez ella permaneció en total calma y sigilo entre aquel frío que parecía no afectarla lo más mínimo. El hombre, que había tomado como costumbre asomarse para observar, la descubrió de nuevo, y se percató de que un largo año había transcurrido ya desde la primera vez.
Así, cada año, el joven salía a ver a su amada reina. Y cada vez iba envejeciendo más y más. De esta forma, llegó al lecho de muerte, y, mientras todos sus familiares – primos, hermanos y sobrinos (no había tenido descendencia) – le rodeaban, con lágrimas en los ojos, él formuló su última voluntad:
- Quiero que busquéis a la mujer de los hielos – dijo, con un débil tono de voz.
Sus parientes comenzaron a murmurar: el anciano agónico deliraba. Aún así, decidieron ir a ver si dicha dama existía de verdad. Examinaron toda la zona, y no encontraron ninguna criatura viva. El hombre murió sin haber sido capaz de hablarle nunca.

Pasó mucho, mucho tiempo. A la vez que comenzaba a haber miles de guerras en la tierra, la mujer que encarnaba la tristeza empezaba a sentir alegría. Cada vez más y más alegría. Pero era una felicidad que no podía ocultar un fondo vacío. La mujer ya no desapareció nunca más. Sus cabellos se volvieron negros como el azabache, sus ojos de un color verde brillante y su piel adquirió un tono cetrino. Conoció a un hombre bueno, del cual se enamoró, y se casó con él.
Una velada, sentados los dos junto al fuego, su esposo le contó una historia. Le dijo:
- Mi tío era un buen hombre, que vivía de su trabajo. Él decía que cada año veía a una mujer de hielo, y la adoraba hasta tal punto que jamás llegó a casarse. Murió hace años, y, antes de hacerlo, pidió a sus familiares que buscásemos a su amada. Yo mismo recorrí todo el lugar, y no di con ella. Antes de marcharse definitivamente, él dijo que maldecía a aquella mujer, y que se llevaría al infierno una tristeza muy profunda. Jamás vi a aquella belleza de la que él hablaba.

Ella comprendió: aquella felicidad que la había llenado (y que, con ello, había ocasionado numerosas guerras y conflictos en el resto del mundo) se debía a que un hombre había acaparado demasiado sufrimiento al morir. Sintió una insondable culpa, y, tras haberse despedido de su marido, agarró un puñal, y se quitó la vida.

Entonces, tanto la felicidad y la paz, como la guerra y la pena, quedaron manchadas por la sangre de la señora, y así es como ambas entes se mezclaron y dispersaron por el mundo, dando lugar a las desigualdades entre los diferentes países y razas, ocasionando dolor en algunos lugares, tranquilidad en otros.
Nadie sabe si más allá de los confines del infierno llegarían a encontrarse el hombre y su dama sagrada. Nadie puede saber cuándo la tristeza se reunirá nuevamente en un solo ser. Porque, tal vez, ocurrirá, algún día.
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MensajeTema: Re: La leyenda de la mujer de los hielos (relato)   Mar Nov 25, 2008 5:34 pm

me he enamorado profundamente '_'



es per-fec-ta, de verdad
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Kaoru Himura-Takarai

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MensajeTema: Re: La leyenda de la mujer de los hielos (relato)   Miér Nov 26, 2008 2:08 am

Hala, muchas gracias!!
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MensajeTema: Re: La leyenda de la mujer de los hielos (relato)   

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